Las palabras que tienes prisioneras – Salario Emocional

 

photo by Jaime Leal

  El mercado de Guatemala es sin duda alguna una de las experiencias mas diversas y enriquecedoras que se puedan disfrutar en la ciudad, un verdadero laberinto plagado de colores, aromas y sorpresas visuales que se sobreponen unas con otras como peleando por la atención de quienes por sus pasillos transitan.

Flores multicolor, frutas cuyos nombres ni siquiera conocía, comidas, artesanías y remedios ancestrales que producen un sincretismo de sabores, olores y texturas a tal grado que se llega a olvidar la intención de compra que se tenía al iniciar la travesía.

Así, caminando por los pasillos y acompañado por mis hermosas y amables amigas Guatemaltecas, nos detuvimos en un puesto de comida a disfrutar de un platillo llamado “Revolcado”, exactamente no se que contenía, pero era bastante delicioso, tanto que terminé por pedir varios platos acompañados de sus respectivas tortillas.

Después de tan tremendo festín, deambulando por los pasillos como queriendo volver a perderme, platicaba con las personas que en cada puesto ofrecían sus mercancías, así llegué a platicar con la vendedora de los aguacates más pintorescos que he visto en mucho tiempo, con un señor que vendía un pela-papas novedoso y funcional e incluso con una niña que utilizaba una caja de cartón como cuarto de juegos, así fue que sin rumbo fijo llegué a una pequeña sección en la que se encontraba una hermosa señora cuyos rasgos denotaban el rostro de la ancestral Guatemala, su sonrisa me provocó a acercarme, le pregunté que vendía como excusa para iniciar la conversación y fue así como me explicó de los artículos de cocina que servían para batir el chocolate, la palita para voltear las tortillas y un rodillo que servía para amasar, mismo que según me dijo, también aplacaba maridos cuando se portaban mal.

Esta señora de amable sonrisa y blusa color Guatemala, rápidamente se ganó mi afecto y me atreví a preguntarle si le podría tomar una fotografía, pude notar como se sonrojaba ante la petición, sonriendo me dijo que hacía mucho tiempo que no le pedían una, así comencé a disparar mi cámara, mientras ella mostraba entre orgullosa y tímida, los instrumentos que ofrecía a la venta.

-Ven hijo-, -Mira me dicen que soy guapa-, le gritó a un muchacho de entre veinte y veinticinco años que se encontraba vendiendo otros productos en un local frente a ella, -Ya ves que si soy linda-, le comentó nuevamente, mientras su hijo se escondía de la vergüenza y solo se reía a carcajadas evadiendo mi cámara y mi mirada.

Después de tomar algunas fotografías, me retiré pensando en cuantas veces, tantas personas están tan ávidas de que alguien les confirme lo que ellos mismos en ocasiones han dejado de creer, cuantas veces requerimos de alguien más que venga a decirnos que somos guapos, que somos dignos, que somos buenos, que lo hemos hecho bien. Tan importante la validación de nuestro hermano, tan vital que nos permitamos el tiempo de compartir nuestra opinión, tantas almas alimentaríamos si tan solo dejáramos salir de nuestra alma, aquellas palabras que nos guardamos como si cobraran más valor por no decirlas, cuando en realidad es más el daño que causan, al morir prisioneras sin llegar a su destino.

Tanto en la familia como en la empresa, tanto en tu trabajo como en la comunidad, ¿A quien podrías decirle hoy un –Te quiero-?, ¿A quien le hará falta esa palabra de aliento, ese reconocimiento que hoy te guardas?… Para pensar, ¿No crees?…

 

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