El Taxi del Chikungunya

Eran las cuatro de la mañana, había legado a La Guaira apenas unas horas antes procedente de Ciudad Bolivar después de un emocionante viaje al Salto Angel, ese hermoso viajar curiara por horas río arriba y el caminar por las distintas rutas de la gran sabana me habían dejado un souvenir bastante singular.

Fiebre, dolores en las articulaciones y el perder fuerza en las manos llevó a mi diagnóstico, “Chikungunya”, al cual me negué rotundamente, pero que el mismo dolor me iría convenciendo de aceptar.

Aún en Canaima comencé a recordar curiosamente todos y cada uno de los golpes, accidentes y lesiones que he tenido a lo largo de mi vida, mi muñeca derecha que se me lastimo al boxear, el dedo índice que una vez se me atoro al descender en cuerda desde un helicóptero, la espalda que me accidente cuando corría motocicletas y por supuesto el cuello que curiosamente recordé me había lastimado en un aterrizaje forzoso en parapente…

Pronto comprendí que este Chikungunya es de alguna forma lo opuesto al Alzheimer, pues mientras este último te hace olvidar las cosas, con el Chikungunya te acuerdas de cada tropezón que has tenido en el camino de tu vida.. ¡Y vaya que yo me he caído!

Viajé desde Bolivar hasta La Guaira buscando hospedarme en un hotel cercano al aeropuerto de Maiquetía y con la lentitud propia de la enfermedad subí a la habitación, tomé una ducha y bajé a reservar un taxi… ¿Taxi? Me preguntó el encargado de la recepción, ¿De verdad quiere ir a Caracas a esa hora?, es muy peligroso- me dijo… Lo cual marcaba el inicio de una odisea por conseguir quien me llevará a recoger la maleta que había dejado en casa de mi compañera Evlin en Macaracuay.

Nunca pensé que encontrar un taxi se convertiría en un proceso de venta en lugar de uno de compra, mientras en otras ciudades los taxistas te abordan para venderte su servicio de transporte y pedirte que abordes su coche, en este caso yo los perseguía para ver si me daban el servicio, algunos se detenían pero al conocer mi destino simplemente seguían su camino, no sin antes recordarme que esa carretera era sumamente peligrosa a esa hora.

Pasó un buen rato antes de que apareciera el que sería mi taxista, para entonces ya mis exigencias eran mínimas, es curioso como uno va poniéndose menos exigente conforme le presiona el tiempo, básicamente yo requería alguien que me cruzara la ciudad y punto… en coche, en camión o hasta en burro, pero yo requería recoger esa maleta a como diera lugar.. creo que Dios escucho mi necesidad y desgraciadamente escuchó también las bajas exigencias que ponía en mi transporte pues fue justo cuando perdía mis esperanzas que apareció mi salvador, al menos eso creía yo, aunque no sabía yo que ese salvador venía con purgatorio incluído.

Me citó a las 4 am y me aseguró que tendríamos tiempo suficiente para ir y volver sin perder mi vuelo, accedí gracias a mi cansancio, la fiebre que no cedía y la falta de opciones, pues nadie más me quería dar el servicio, en un principio temblaba por la fiebre, ya después no sabría porqué…

Se dieron las 4 am y bajé puntual, caminamos al coche y fue entonces que comenzó la verdadera aventura, alineados se encontraban varios automóviles de buen modelo, unos más recientes que otros pero todos aceptables para brindar el servicio de taxi, sin embargo mi sorpresa era que seguíamos caminando, y avanzando y las opciones de coches se iban reduciendo, mientras al fondo se veía un coche multicolor, con la salpicadera roja, el parachoque negro, una puerta color gris y las ventanas abiertas, ¿Será ese su coche?… ¡No creo!… me dije a mi mismo… pero creí mal, ¡Si era! ;(

Avanzamos y efectivamente me pidió que lo abordara, abrió la puerta que en lugar de picaporte contaba con un alambre y me pidió que le facilitara la maleta, a lo cual accedí vigilando que en realidad la guardara en el maletero, cuando lo abrió encontré mas sorpresas, pues lo detuvo con un palo de escoba mientras acomodaba la llanta/caucho de refacción, o al menos eso creí al inicio, pues cuando la movió me di cuenta que solo se trataba del rin y lo utilizaba para cubrir un hoyo que tenía en el piso de la cajuela, -Espero que no se caiga mi maleta- le dije mientras cerraba el maletero, a lo que me respondió aplaudiendo… Todo está bien, ¡Vamonos!.. Me persigne como siempre y al coche me subi.

Al sentarme pronto me di cuenta que no se trataba de que las ventana estuvieran abiertas, sino que no había ventanas, ni luces interiores (sabrá Dios si exteriores) y que prácticamente todo el plástico del tablero había desaparecido, las puertas abrían desde adentro con una llave de presión, por más que buscaba con mis manos, no podía encontrar los cinturones de seguridad y del techo ni hablamos pues era una verdadera amenaza de tétanos, óxido y cables que colgaban por sobre mi cabeza.

Pero que le va a ser uno, si la necesidad es la que manda, ya estoy arriba y esto es parte de la aventura de viajar, así que ¡Vamonos!.. me dije mientras temblaba, ya no sabía si por la fiebre ó por la aventura que me esperaba.

Comenzamos nuestro camino y de inmediato me dijo, este coche nunca sube para Caracas, a lo cual respondí, ¿Trabaja usted solo en la Guaira?, y me sorprendí cuando me dijo, -No, me refiero a que la transmisión del coche no sube para allá- … DIOOOOS!!!!… y yo que tengo prisa.

Avanzamos unos kilómetros y comenzó a tomar vuelo, a coger impulso, a subir con mucha fe y nada más que fe, pues el motor nomás hacía ruido pero apenas y podíamos llegar a la segunda velocidad en la subida, algunos coches nos rebasan sonando la bocina, molestos porque bloqueábamos su ascenso ante tan empinada carretera, lo mismo nos rebasaban motocicletas, que coches y en verdad no me hubiera sorprendido que nos hubiera rebasado un ciclista, íbamos super lento, en ese momento agradecí la velocidad, pues al menos no entraba mucho viento por las ventanas…. Algo tenía que buscar para agradecer y las opciones no eran muchas… smile emoticon

Ante la lentitud, paciencia y para la paciencia, nada mejor que ocupar la mente en algo, así que comencé a conversar con mi taxista. ¿Cuánto llevas de taxista? – Le pregunté-, a lo que me dijo, -de tiempo completo nada-, hizo una breve pausa y sonriendo continuó -trabajando de vez en cuando llevo como 20 años,- pues tengo otro trabajo y en mis ratos libres cuando tengo vacaciones me vengo a trabajar como ahora. –Va-, pensé para mi mismo, -Entonces de licencia de taxista mejor ni le pregunto- me conformé con que no fuera un maleante y decidí cambiar de tema.

¿Cuánto tiempo crees que nos lleve llegar a donde vamos? – preguné buscando cambiar de tema- a lo cual me respondió- No sé, la verdad no se ni donde queda,- me dijo mientras yo no salía de mi asombro.

–¿No sabe donde queda Macaracuay?- le pregunté, a lo cual respondió mientras daba unos aplausos con sus manos y reía. –De aquí pa´lla soy gringo- lo cual rápidamente comprendi, significaba que no tenía idea de donde quedaba el lugar a donde íbamos.

Por un momento me sentí perdido, justo después lo confirmé, -Estoy perdido- me dije, ahora si que está difícil, enfermo, con fiebre, débil y adolorido, extranjero, sin idea de a donde vamos y por si fuera poco a las 4:30 de la mañana.

Olviden el salto en paracaídas, la expedición a la selva y viaje en moto-taxi, esta si es una aventura.

Más adelante comenzó a preguntar por direcciones, lo mismo le preguntaba a transeúntes que a motorizados, a conductores de vehículos particulares que públicos, incluso ingresamos a un sector privado donde el guardia del lugar rápidamente nos dijo que ahí no era, pero no nos decía a donde si.. el reloj avanzaba y comencé a prepararme mentalmente para perder el vuelo.

Izquierda, derecha, hay que regresar, hasta que me decidí a sacar el plan de datos del celular, internacional, costosísimo, pero al final era necesario.

Me habían dicho que no mostrara mi teléfono en público así que con cuidado lo tomé entre mis piernas y busqué la forma de que no se notase, sin embargo el brillo de la pantalla en aquél oscuro lugar hizo evidente que algo estaba viendo.

Para entonces ya no me importaba nada, el tiempo corría y yo “era mas gringo” que mi taxista, le dije que traía un GPS y de inmediato tuvo una reacción de júbilo como si le La guaira le acabará de anotar un Home-Run con casa llena a los Leones del Caracas, aplaudió y gritando dijo. –Tenemos tecnología- lo cual me arranco una carcajada.

Encontramos nuestro camino, recogimos la maleta y ya con un poco más de luz de día emprendimos nuestro viaje de regreso, salimos a la carretera y de nuevo gritó aplaudiendo. -Ahora si, abróchese los cinturones porque vamos a despegar- a lo cual le pregunté que donde estaban mientras buscaba con mi mano, mientras el sonriendo dijo. –No se crean, no tenemos cinturones- y soltó una carcajada.

Quisiera explicarles con exactitud la velocidad a la que descendimos hacia Maiquetía, sin embargo no era de extrañar que el velocímetro tampoco funcionara, cada curva parecía que sería la última y el rebote del amortiguador delantero golpeteaba tan fuerte que sentía que era Pedro el de los picapiedra cuando frenaba.

Después de varios consejos de que redujera su velocidad, de varios momentos en los que le dije que teníamos tiempo y que no importaba si llegábamos tarde, llegamos al aeropuerto.

Mientras me bajaba del coche seguía temblando, para entonces ya no sabía si era la fiebre, la emoción, el susto ó el agradecimiento a Dios por haber llegado al aeropuerto.

Entre el dolor de la Chikingunya y el estrés de tan emocionante y peculiar viaje en taxi, me daban ganas de besar el piso como lo hacía el Papa Juan Pablo cada vez que llegaba a su destino, sin embargo contuve las ganas y mostré mi mejor sonrisa al orgulloso taxista que me dijo: “Misión cumplida, usted llegó sano a su destino”… al dmnos tenía claro la palabra sano… eso es un punto a su favor.

Para entonces mi taxista y yo ya habíamos platicado, la verdad en algunas curvas me habían dado ganas de confesarme, el me había contado de su familia y de la realidad que vive, de cómo hay que resolverse para salir adelante y también él, como muchos otros que se enteraban de mi padecimiento, me daba consejos de que hacer con la Chikungunya, a la cual, me dijo, le llamaban la enfermedad de Thriller, porque uno terminaba como los muertos del video de Michael Jackson, con las manos torcidas y los pies chuecos de tanto dolor.

Sin duda alguna, este taxista, ha sido uno de los más pintorescos que he encontrado y a pesar de que le dije abiertamente que no creía volver a requerir de sus servicios, prometí pasar a saludarle a su lugar regular de trabajo la próxima vez que visite Caracas.

Se que algunas personas se ofenden cuando leen este escrito y me han enviado mensajes diciéndome que no debería contar esta historia, sin embargo es una realidad lo que viví, es como cuando hice tres horas de cola en Farmatodo para descubrir que no tenían la medicina que buscaba, cuando me gasearon en una “guarimba” mientras buscaba entrar a mi hotel ó cuando tuve que donar mis pañuelos faciales para una señora que rogaba por papel sanitario (toilette), nadie me cuenta, yo lo viví.

Esta y otras historias las comparto como una experiencia de aprendizaje para mi y que espero sirva a los demás, esto me pudo pasar en otro lado, ni todos los taxis son así en Caracas, ni a todos los que viajan a Venezuela les da Chikungunya, a mi me tocaron las dos y la verdad en vez de enojarme, lo agradezco, porque me permite acumular experiencias, conocer personas maravillosas como mi taxista, que a pesar de todos los problemas que trae encima, sigue luchando por salir adelante, historias que de no existir, harían la vida bastante aburrida y como me dice mi amiga Evlin, -tú vida puede ser de todo Jaime, menos aburrida- y así es como me gusta.

Al final, llegué a tiempo a mi destino, le di una buena propina a mi taxista quien al estrechar mi mano me recordó una vieja lesión del boxeo, le agradecí que al final del día fue la única persona que me brindo el servicio y partí, con una historia más y un “souvenir chikungunyense” que seguramente me durará varios meses y que formará parte de los cuentos que les lleve a mis hijos y nietos.

Mientras entraba al aeropuerto, escuchaba a mi taxista hacer una llamada telefónica mientras decía, -Mi pana, ahora si te voy a poder pagar lo que te debo-, supongo que él, esa mañana, ya había encontrado como resolverse.

El -Taxi de la Chikungunya,- no era el más bonito, ni el más seguro, de hecho creo que oficialmente ni siquiera era taxi, pero fue el único que me quiso dar el servicio.

-EN LA VIDA HAY QUE RESOLVERSE- me dijo mi taxista, y yo, como él, hice lo que tenía que hacer, tomé algunos riesgos y luché por lograr mi objetivo… ¡Ah como se parece esto a algunas situaciones de la vida!, me encanta mi vida de viajero y estoy seguro que supero esta y muchas otras aventuras debido a que soy el tipo con el Salario Emocional más alto del mundo.

De la foto ni me pregunten, que entre la tembladera, la emoción de haber llegado y el miedo a que me robaran el celular, la única fotografía que guardo de mi taxista es de esas que solo el Alzheimer se puede llevar.

 

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